La vida que tengo viene a través de mis padres, ha sido pasada a través de generaciones que pueden remontarse hasta el tiempo inmemorial. Así, los hijos recibimos la vida de nuestros padres y los tomamos a ellos con amor. Ese es el orden.
Sin embargo, solemos esperar de nuestros padres más que la vida. Algunos lo recibimos, plenos de amor, cariño, ternura… mientras que otros reciben de sus padres únicamente la vida, y nada más. Es importante entender que lo que hacen el padre y la madre, más allá de pasar la vida a su hijo, a su hija, es responsabilidad única de los padres y deben llevarlo consigo. Los hijos no debemos inmiscuirnos ahí, por más doloroso que haya sido. Al mirar a los padres con respeto y entregarlos a su destino, demuestras y honra hacia ellos y estás libre.
En el hijo adulto, a veces se obstaculiza el movimiento de honra a los padres por el desprecio que siente hacia ellos, tal vez se considera mejor que los padres, probablemente quisiera ser mejor que ellos o desea recibir de los padres algo distinto de lo que estos le ofrecen. Imaginemos el caso de una mujer que se queda embarazada, el hombre se va y decide casarse con otra mujer. La embarazada antes de dar a luz a su hijo, se casa también con otro hombre. Cuando el bebé nace lo presentan como hijo de su madre y del nuevo esposo de esta. Así pasa 30 años de su vida, cuando por fin se entera de quien es su verdadero padre, y ya es muy tarde para verle pues acaba de morir. No hay nada que reclamar a la madre, al padre que se fue, ni al padre substituto que lo ha criado. Solo tomar la vida que ha recibido, y con ella avanzar y hacer con ella algo grande.
Así como los padres no pueden elegir lo que pasan a sus hijos, los hijos tampoco pueden escoger lo que toman de sus padres. De nuestros padres tomamos lo que somos, también lo que nos falta. Ellos nos abren un camino al pasarnos la vida, también nos ponen límites con sus acciones, su destino o su origen. Al nosotros mirar esto con amor, asintiendo con humildad a la vida tal como es, con todas sus consecuencias, con lo bueno y con lo no tan bueno, entonces nos entregamos en una profunda reverencia ante ellos y ante lo más grande, la vida. Y desde esta posición de humildad logramos reconocer a nuestros padres, honrarlos haciendo algo con lo que hemos recibido y ahí somos libres.
La reverencia, la honra, ocurre en nuestro corazón, llevamos a nuestros padres en nuestro interior. No es necesario un gran evento de honra, caer de rodillas frente a su tumba si acaso ha muerto, solo tomarlos en el corazón y vivir plenamente. Pide su bendición y permítete, entonces, hacer algo diferente.
Sin embargo, solemos esperar de nuestros padres más que la vida. Algunos lo recibimos, plenos de amor, cariño, ternura… mientras que otros reciben de sus padres únicamente la vida, y nada más. Es importante entender que lo que hacen el padre y la madre, más allá de pasar la vida a su hijo, a su hija, es responsabilidad única de los padres y deben llevarlo consigo. Los hijos no debemos inmiscuirnos ahí, por más doloroso que haya sido. Al mirar a los padres con respeto y entregarlos a su destino, demuestras y honra hacia ellos y estás libre.
En el hijo adulto, a veces se obstaculiza el movimiento de honra a los padres por el desprecio que siente hacia ellos, tal vez se considera mejor que los padres, probablemente quisiera ser mejor que ellos o desea recibir de los padres algo distinto de lo que estos le ofrecen. Imaginemos el caso de una mujer que se queda embarazada, el hombre se va y decide casarse con otra mujer. La embarazada antes de dar a luz a su hijo, se casa también con otro hombre. Cuando el bebé nace lo presentan como hijo de su madre y del nuevo esposo de esta. Así pasa 30 años de su vida, cuando por fin se entera de quien es su verdadero padre, y ya es muy tarde para verle pues acaba de morir. No hay nada que reclamar a la madre, al padre que se fue, ni al padre substituto que lo ha criado. Solo tomar la vida que ha recibido, y con ella avanzar y hacer con ella algo grande.
Así como los padres no pueden elegir lo que pasan a sus hijos, los hijos tampoco pueden escoger lo que toman de sus padres. De nuestros padres tomamos lo que somos, también lo que nos falta. Ellos nos abren un camino al pasarnos la vida, también nos ponen límites con sus acciones, su destino o su origen. Al nosotros mirar esto con amor, asintiendo con humildad a la vida tal como es, con todas sus consecuencias, con lo bueno y con lo no tan bueno, entonces nos entregamos en una profunda reverencia ante ellos y ante lo más grande, la vida. Y desde esta posición de humildad logramos reconocer a nuestros padres, honrarlos haciendo algo con lo que hemos recibido y ahí somos libres.
La reverencia, la honra, ocurre en nuestro corazón, llevamos a nuestros padres en nuestro interior. No es necesario un gran evento de honra, caer de rodillas frente a su tumba si acaso ha muerto, solo tomarlos en el corazón y vivir plenamente. Pide su bendición y permítete, entonces, hacer algo diferente.
El Amor de Mi Familia y La Honra a Mis Padres-folleto
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